La Novela de Olivier Acuña



En esta sección estaré publicando capítulos de mi novela intitulada:

"Narco y Poder"

Prólogo

Primero quiero agradecer a todos ustedes que tienen este libro en sus manos y espero no decepcionar sus expectativas ni mis promesas literarias.

Para el conocimiento de todos los que ahorita leen este manuscrito soy periodista innegable, apasionado, y siempre luché contra la injusticia, las mentiras y falsedades, manipulaciones de información. Claro, debo confesar que soy únicamente un humano común, pero no tan corriente, por lo que encontrarán fallas.

Sin embargo, garantizo que no intento crear héroes o superhumanos donde no existen y si creen que existen exageraciones a lo largo de mi narración puedo garantizar que son para pormenorizar los verdaderos acontecimientos vividos por los personajes de esta historia con el fin que sea más creíble. En ningún momento añado o agrando la verdadera crisis que enfrentaron las personas que a partir del Capítulo Primero menciono.

Y como les iba diciendo, soy periodista desde 1984 y fui testigo directo de un sinfín de crueldades, abusos, corrupciones, encubrimientos y situaciones que por haber intentado hablar públicamente de ellas fui hostigado, perseguido, violentado en mi persona, mi familia y propiedades. De hecho fui torturado durante 16 horas y encarcelado durante casi tres años, además de ser acusado en demasiadas ocasiones de crímenes y delitos de los cuales nunca nada tuve que ver.

Confieso, empero, de no ser ningún santo y errores he cometido muchos, pero nunca fue en perjuicio de mis semejantes, mucho menos de conocidos. Es un hecho que de hecho, valga la rebuznancia, que ayudé a muchísima gente, incluso tomando riesgos de todo tipo y en varias ocasiones con consecuencias graves en mi contra.

Pero no me arrepiento de nada y mi conciencia está libre de negrura y en realidad muy tranquila. No sufro de insomnio ni porque sigo bajo amenaza por parte de ciertos oscuros elementos que se hacen pasar por funcionarios o políticos respetables.

Esta novela está basada en hechos reales, aunque algunos acontecimientos fueron adaptados y dramatizados para hacer más amena la lectura de este sueño hecho realidad: mi primer libro.

También quiero enfatizar que los nombres, fechas y lugares han sido cambiados por completo para proteger a personas inocentes y aclaro que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.



Olivier Acuña Barba



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Dedicatoria



Quiero dedicar este libro a mis seres más queridos y quienes junto conmigo vivieron momentos de mucho riesgo y violencia. Si sólo supieran la valentía que explayaron se quedarían atónitos, de hecho hay muchas acciones que mis hijos y mi esposa no alcanzan a darse cuenta aún hoy.

Para Miguel Olivier, María Lorelei y, en especial, para mi querida esposa, Amada Karina Carrillo, quien a lo largo de 10 años de violencia en contra de nuestra familia, ella demostró coraje, fortaleza, pero también que es bien humana.

A todos mis pariente y familiares que me apoyaron durante tantos años de crisis.

Un fuerte y bien merecido reconocimiento a mi madre Rosamaría, quien siempre me dio ánimo y verdad o mentira, constantemente, me aseguró que este libro lo debía terminar porque en su opinión soy “un extraordinario narrador y un escritor nato, inconsciente de sus propias habilidades literarias”.

A todos los narcos y funcionarios que conocí y que pese a saber que soy periodista y escritor fueron siempre bien honestos y sinceros conmigo, hablándome sin temor ni resguardo sobre los detalles más impactantes.

Incluso mi agradecimiento a los más famosos del submundo del narco y los políticos que son más narcos, es decir, una especie de Jeckyl y Hyde o para los más modernos, pero incultos, el doctor Chiflado.

Obvio, que mi profundo agradecimiento a la editorial que creyó en mí y encontró en mi narración un producto literario que bien vale la pena divulgar masivamente en forma de libro, mi más grande sueño hecho realidad.

Advertencia: se recomienda a aquellos que sufren de algún mal cardiaco que no lean este libro porque podría acelerar su destino mortal y mucha precaución a niños y mujeres embarazados, al igual que a todos los lectores de la Tercera Edad.

El autor no se hace responsable por los efectos que pueda surtir la lectura de esta novela, sean buenos o malos.

Olivier Acuña Barba



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Primer Capítulo



Los problemas son parte esencial de la vida. No conozco a nadie que no tenga problemas. Pero Pedro Lamar tenía algo dentro de sí que atraía los conflictos, las dificultades. Lamar de por sí tenía que subsistir por naturaleza en medio de la turbulencia por el simple hecho de ser periodista y honesto en una sociedad mexicana demasiado corrupta todavía.

Todos hablaban de la evolución de México hacia la democracia y hacia la depuración de la suciedad, extorsión, sobornos, cacicazgos, dinosaurios políticos y la narcopolítica y el crimen organizado…. organizado por Gobierno. Los periodistas tenían esperanza de que la represión en contra del gremio cesara, que la libertad de expresión se hiciera una realidad, y que la profesión dejara de ser más peligrosa que la de policía.

Sólo de pensar que las estadísticas oficiales confirmaran que al año morían más informadores en el ejercicio de su función, que policías, bomberos o militares. Simplemente, era número uno, claro porque en lugar de arma portamos pluma y en lugar de chalecos antibalas, libretas de taquigrafía. Simplemente, tenían más expectativas de vida los Voladores de Papantla, y eso que ya eran inalámbricos. Era absurdo, era el surrealismo idiosincrático de nuestro país.

Muchas cosas que Lamar se imaginaba empezaban a tomar forma de realidad frente a los ojos de este sensible intermediario de la información. Lo increíble dejaba de serlo, aunque quizá no tanto. Todos los colegas de Lamar y todos sus paisanos sabían lo corrupto de nuestro sistema, pero nadie tenía el valor para decirlo en voz alta. Nadie estaba de acuerdo, pero tampoco manifestaban su inconformidad, por miedo, por instinto de sobrevivencia, aunque otros por apatía o porque lucraban mejor que protestar.

Y es que quejarse era para los que no querían triunfar o prosperar, claro me refiero a económicamente, porque moralmente, pues quién sabe.

Lamar había crecido en un ambiente un poco violento, tremendamente solitario, y en lugar de hacerlo duro, lo hizo inseguro, tímido, cohibido, y es que no se puede esperar otro resultado cuando la violencia no tiene explicación y cuando proviene de seres demasiado crueles y abusivos.

De cualquier manera todos nacemos con una información genética específica difícil de cambiar y la de Lamar venía plagada de rechazo a la violencia, o por lo menos así era en una sus años de juventud y nadie se hubiera podido imaginar que el Lamar de 15 años de edad se transformaría por completo. Era imposible pensar las cosas que él haría y viviría.

Su cara era la misma, pero su personalidad, su vida, cambió por completo. De santo inocente a asesino implacable en potencia. De un adolescente inseguro y tímido, a un adulto carismático, elocuente, duro, frío e imposible de intimidar..

Solitario, triste e impotente, frustrado siempre fue algo que caracterizó a Lamar. El era delgado, pero fuerte, alto, de mirada firme e inteligente. De su padre aprendió el arte de la dialéctica y su más grande pesar era su implacable memoria.

Cada instante, cada detalle difícilmente se le escapaba y era de reflejos relámpago, Era increíble ver como por reflejo atrapaba cosas en e l aire, pero él nunca le dio importancia a esas cosas. El no era presuntuoso, sino todo lo contrario.

Era de corazón una persona muy noble que ayudaba a propios y ajenos con su siempre libre generosidad. Una persona que no estaba atada al dinero, pero siempre tenía. Como muchos, hubieron altibajos, pero nada nunca que no pasara de un momento divertido y gracioso.

Lamar Martín era un periodista joven de unos 25 años y. Era ambicioso, siempre con muchos proyectos en su mente y también una buena cantidad de planes para destacar como escritor.

Sin embargo, era todavía un poco despreocupado de las responsabilidades y obligaciones que tenía como editor de la Agencia Noticiosa Internacional (ANI). Esto quizá porque subconscientemente intentaba vivir la infancia que de alguna manera le fue robado cuando era niño.

Pedro era muy aficionado a los deportes y como tal un gran atleta. El basquetbol lo consumía, absorbía, enteramente. Se perdía por completo en tiempo y espacio y por ende llegaba tarde a su oficina por darle más importancia al juego.

Y es que era como una fuga pasional. Todos los problemas se disipaban sobre la cancha. Era para él una “borrachera” sana. El había soñado con jugar en la NBA, pero al igual que muchos otros sueños, éste se volvía distante, borroso.

Entre defectos y virtudes, impulsivo y compulsivo, generoso y compasivo, Pedro también era aficionado a la vida nocturna y todas sus delicias, por lo que en ocasiones ni llegaba a la ANI.

Lamar era una persona muy amigable, por todos lados, rincones y recovecos, conocía gente de todos niveles, colores, razas y credos y todo mundo lo saludaba con entusiasmo.

A pesar de esto, él decía tener sólo un gran amigo en este momento de su vida con quien podía contar, tratase de lo que se tratase. Este también era un periodista, se llamaba Edwin Lei. Su colega era un personaje peculiar, extraño, como si Pedro no lo fuera. Pero Edwin era misterioso. Era notorio en sus ojos y en la forma en que divagaba que él escondía una personalidad aparte, diferente, oscura, llena de misterios y secretos.

Lei tenía 30 años, pero vestía como adolescente y realmente parecía tener no más de 19. Era corto de estatura, regordete y los ojos los tenía esculpidos a la oriental, su pelo era chino, igual que él y aunque nunca perdía su forma, él se lo peinaba vanidosamente frente a un espejo de manera constante, casi obsesiva.



Pedro y Edwin se conocieron en la agencia y se hicieron amigos porque se identificaron ambos por su actitud rebelde, libre. Se mostraban reacios a todo lo establecido, al sistema, a los métodos y costumbres del mexicano común. Ellos eran diferentes, eran de los pocos periodistas valemadristas que no le entraban a los “chayos”. Simplemente la corrupción no era lo suyo.

Claro, tampoco eran santurrones, pero eran de los pocos que simplemente no estaban a la venta por ningún motivo. Para ellos el manipular la información era perfectamente inmoral e injusto y en ese sentido sentían profundo respeto hacia sus lectores, eran sinceros, lo cual obviamente les traía muchos problemas con la autoridad, empezando en sus casas.

Pedro le admiraba a Edwin y sabía que él tenía mucho que enseñarle. De hecho, Edwin, originario de Sinaloa, había sido Premio Estatal de Periodismo de su natal entidad. Pero el norteño sabía que Pedro también tenía mucho talento y que por lo tanto habría de aprender muchas cosas de él.

Los dos eran de espíritu aventurero, pero por sus años, Edwin le aventajaba a Pedro y de hecho contaba con dos novelas publicadas y más anécdotas que un abuelo marinero o militar.

A Pedro le llamaba la atención las historias de la mafia sinaloense, de los carteles de la droga y sabía que Lei estaba bastante empapado de esto y por eso escudriñaba en la vida de su colega, suplicando silenciosamente que Edwin le introdujera al asombroso, peligroso, misterioso mundo o más bien submundo.

Pedro leía todo sobre este tema y tenía sus especulaciones, teorías y opiniones sobre el enigmático inframundo del narcotráfico y sus infames, pero populares, personajes.

Lamar quería saber cada detalle. Se moría por saberlo todo e incluso tenía fantasías de algún día conocer a grandes capos, sus casas, familias, armas, contactos y su forma de operar.

El se imaginaba en bodegas con toneladas de estupefacientes, mansiones con lujos excesivos, mal educados. El quería ver las toneladas de billetes estadounidenses, quería sentir armas y portarlas, quizá, pensaba Pedro a ratos, hasta podría andar con pistoles famosos como “El Chalo” Araujo o su hermano Victoriano, Rito Hales, Pedro Avilés, Chuy Labrada, entre otros.

Posiblemente Edwin algún día se anime a presentarle a los hermanos Arellano Félix o a sus enemigos acérrimos “El Mayo” Zambada, “El Azul”, Javier Torres o “El Chapo” Guzmán, el “Güero” Palma…

Quizá algún día, pensaba Pedro, que le tocaría ver uno de esos famosos e increíbles apuestas entre El Mayo y el Chapo de ver quién de los dos terminaba primero de romper por la mitad un millón de dólares en billetes de 20 dólares.





Lamar había estado en la Marina Naval de Estados Unidos. El era hijo de padre y madre escritores. Bonifacio Lamar era un poeta, escritor, filólogo e investigador muy respetado a nivel internacional, sobre todo por sus estudios antropológicos.

Sin embargo, era una persona muy atribulada. Socialmente era una decepción. Públicamente era un caos insoportable. Como padre era muy intolerante y bebía constantemente, cosa que le hacía perder control de su personalidad.

Alma Soledad Martín era una mujer con mucho talento. Tocaba el piano como virtuosa, era una profesora magnífica, pero con el marido por un lado, su labor maternal y sus aspiraciones profesionales se le dificultaban mucho.

Era comprensible, por lo menos desde el punto de vista de Pedro. El entendía las limitaciones de su madre, quien para su gusto había sido suficientemente heroica al sacar en medio de la guerra familiar una maestría en Literatura Universal, paralelamente a la labor cotidiana del hogar y su trabajo como enfermera y su relación, frecuentemente violenta o conflictiva, con su cónyuge.

Pedro había heredado el talento de las letras y del arte de sus progenitores. Muchas noches el analizaba su vida y de acuerdo a su propia apreciación él había logrado librarse de muchos traumas y complejos, a diferencia de sus hermano y su hermana, ambos mayores que él. También entendía que su suerte había sido la de ser el más pequeño de tres, por lo que había recibido menos impresiones negativas de la vida familiar y en general, de la vida entera.

Bonifacio y Alma Soledad eran de mundos apartes. El era de Guatemala y ella de España. Su hija, la mayor, nació en Guatemala, su hermano, el primogénito, en Estados Unidos. Pedro nació en México. El a veces pensaba que qué bueno que no tuvieron más hermanos, porque si no hubieran viajado más, quizá a Alaska o tal vez hasta la Patagonia.

Precisamente esto había hecho un poco más difícil la vida, ya que nació mexicano, criado los primeros años en Jalapa; de los cuatro o cinco en Estados Unidos. Los seis y siete en Madrid. De los siete a los 12 de vuelta en California. Los 13 a México y de allí hasta los 20 como pelotilla de ping pon entre Estados Unidos y México, con viajes en la Marina Naval a Italia, Alemania, Francia, España, Holanda, entre otros países, aunque sólo fuera de paso por sus aeropuertos.

El tenía mucha curiosidad y una memoria exagerada. Una capacidad de observación enorme y de absorción express.

Antes de empezar a estudiar periodismo ya trabajaba en un diario local llamado El Sol de México y gracias a un maestro que los estimaba mucho y a su inglés saltó rápidamente a la ANI, un medio en el cual muchos periodistas ya titulados anhelaban trabajar.





Era el traductor más rápido que jamás nadie había visto y esto era gracias a su inglés y español realmente nativos ambos. En lo que un compañero traducía una cuartilla, él traducía cuatro y hasta cinco.

Lei era descendiente de chinos. Su padre la hacía de comerciante y político en su pueblo natal de Navolato, una cuna de agricultores, políticos y cabrones.
Edwin había alcanzado un nivel de periodismo elevado y a él le gusta la juerga, el espectáculo, la farándula y el escándalo.

Tenía nociones periodísticas y literarias excelentes. Conocía y era muy querido por todos los artistas latinoamericanos. También conocía y era respetado por muchos deportistas. Incluso había sido promotor menor de boxeadores y, de hecho, trabajó mucho tiempo con Julio César Chávez, uno de los mejores pugilistas mexicanos de toda la historia.

Lei también era muy conocido por muchos miembros del submundo del narcotráfico, lo cual era perfectamente normal para un periodista sinaloense, quien además cubría la fuente de deportes y espectáculos, industrias en las que los narcos invertían mucho dinero, sobretodo, con fines de lavado y, porque no, lucro.

Estas características de Lei le llamaban la atención a Pedro y lo llenaban de curiosidad por conocer al susodicho y el momento se dio un día que por primera vez Lei le dirigió la palabra a Pedro.

Era con motivo de una nota que Pedro editaba sobre el dictador iraquí, Saddam Hussein. Lei asombró a Lamar, diciéndole “no crees que esta nota quedaría mejor si empezaras con esa cita textual que el reportero dejó hasta el último párrafo”.

Qué cambiazo pegó la nota al subir la cita y poniendo en la entrada algo así: “Los musulmanes tomarán venganza algún día en contra de los pistoleros de George Bush”, amenazó hoy el dictador al lanzar un ultimátum en contra del Ejército estadounidense….

Muy diferente a como estaba inicialmente: El líder de Irak, Saddam Hussein, lanzó hoy un ultimátum al presidente de Estados Unidos, George Bush, en contra de elementos del ejército norteamericano… Pedro estaba satisfecho por su aprendizaje, uno que jamás olvidaría y que pondría en constante práctica por el resto de su trayectoria periodística, y precisamente de esto iba a pensando en la tarde cuando salía de la oficina rumbo a su casa.

“Oye Pedro, ¿a dónde vas?”, le gritó Lei. El volteó sorprendido y observó a Edwin, quién se subía a su auto, un bochito gris. Pedro le contestó que iba a su casa y le explicó por donde vivía y Lei se rió, respondiéndole, que qué barbaridad porque eran prácticamente vecinos.



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“Súbete, te llevo” y Pedro accedió, entre que sí, entre que no. Estaba cansado, tenía planes de olvidarse por completo de la oficina todo el fin de semana, pero a la misma vez tenía curiosidad del mundo de Edwin, y parecía una buena oportunidad para conocer algunos aspectos de la vida del “Chino” Lei.

A pesar de que Pedro era de las personas que todo lo quieren hacer rápido, cuando manejan lo hacen a altas velocidades; cuando van en transporte colectivo apuran a los choferes y se enojan cuando alguien van con extrema lentitud, parecía ir muy tranquilo asomándose por la ventana y viendo como los rebasan hasta los mensajeros y repartidores en bicicleta.

Lei era todo lo contrario, para todo tomaba su tiempo, manejaba con suma lentitud y cuando iba a dar vuelta empezaba a desacelerar dos cuadras con anticipación. Si se paraba un vehículo delante de él, no se cambiaba de carril para rebasar, sino que esperaba pacientemente hasta que éste se moviera.

“¿Qué tal te parece tu trabajo en la ANI? – preguntó Lei con esa distintiva curiosidad de reportero.

“Ah, pues estupendo. Estoy muy contento con el trabajo y mis nuevos compañeros. Es muy emocionante tener tan variada tarea de escribir y no como en los periódicos, estar limitado a una sola fuente informativa”, respondió Pedro sin dejar de pensar que Edwin podría ser oído del director de la oficina, por lo que cuidaba sus respuestas a cerca del trabajo y vida personal no lo pudieran perjudicar de manera alguna.

“Oye Pedro, ¿por dónde vives exactamente?, para ver si te puedo llevar hasta tu casa”.

“Mira, yo vivo casi en la esquina de la Avenida de Los Eucaliptos y el Canal de Las Haciendas, pero… si quieres”…, antes de ser interrumpido, Lamar iba a decir que lo dejara donde más le conviniera a Lei.

“Qué coincidencia, yo vivo a tres cuadras del canal sobre la Calle de Las Uvas, ¿la conoces?

“Pues sí, es relativamente cerca ¿no?”

“Sí hombre, en carro no son ni diez minutos. Te voy a dejar a tu casa, sirve que ya somos compañeros y amigos en el trabajo, y que también sepa dónde vives. Es más, mi casa queda antes que la tuya, si quieres pasamos a la mía antes y nos tomamos una copa.

“Sí está bien”, contestó Pedro con no mucho entusiasmo pero resignado, diciéndose a sí mismo ni modo que le diga no y por favor llévame a mi casa o déjame aquí.


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Pedro conocía bien Las Uvas, era parte de un conjunto de viviendas construidas por el gobierno para beneficio de los trabajadores al servicio del Estado.

Todas las calles tenían nombres de frutas, de hecho la colonia se llamaba Los Frutales y las casas, las cuales todas eran idénticas en un principio, según dijo el mismo presidente al entregarlas ¨son fruto de su esfuerzo, dedicación y servicio fiel al gobierno del país¨.

La casa de Lei, como muchas otras en el área, había sido remodelada en su exterior, por lo que envés de ser del exterior de ladrillo rojo oscuro con orillas pintadas de blanco y sin bardas, ahora era blanca, los alfeizares de las ventanas de ladrillo y los marcos de madera y al frente tenía levantada una barda de piedra de lava, detrás de la cual se asomaban, para variar, tres árboles frutales: un higueral, un platanar y un aguacatal.

“No tengas pena, pásale, estás en tu casa”, le dijo Lei a Pedro, quien parecía que no se había dado cuenta que Edwin ya había entrado a su casa y vuelto a salir al notar que Lamar seguía afuera perdido en sus pensamientos.

“Ah si, claro, discúlpame, ya llegamos verdad”.

“Te quería presentar a mi prima, su esposo e hijos, pero han salido, y como explicando y como aclarando dudas secretas de Pedro”, Lei dijo “el esposo de mi prima trabaja para el Estado, es gerente de una sucursal del Banco Campesino”.
“Ya adentro, Lei le ofreció una cerveza bien fría a Pedro, quien la aceptó bien gustoso, y luego el Chino se disculpó para irse a bañar, lo cual ya no le pareció tanto a Pedro.

“Estás en tu casa Pedro”, gritó Lei. “Cualquier cosa que se te ofrezca por favor adelante. Mira me voy a bañar, no me tardo ni cinco minutos.
Pedro no pudo ni objetar y por lo tanto se quedó sólo en la sala. Resignado a la espera se levantó del sillón donde se encontraba y se dirigió hacia el librero para escoger un disco de su agrado.

Pedro era de muy variados gustos musicales. Encontraba placer en escuchar tanto música romántica, clásica y rancheras como en algo más moderno como la disco, rock y comercial.

Empezó a ver uno por uno hasta que encontró uno de su agrado en este preciso momento y se trataba del intitulado “Hotel California” del grupo estadounidense Eagles. Lo puso a bajo volumen y se sentó en el mismo sillón donde había estado anteriormente.

Para esto si era medio especial Lamar; le gusta sentarse en punto del lugar donde esté desde donde pueda controlar todo, es decir ventanas, puertas, escaleras, calles, todo.


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Desde el sillón Pedro empezaba a conocer un poco la familia Lei. Para empezar recién habían estado allí y aparentemente salieron apurados o no eran muy pulcros ya que sobre la mesa del comedor había platos sucios, con restos de salsa de tomate, grasa de carne y algunos pedacillos de lechuga.

En los vasos se notaba que habían tomado agua de limón menos en uno que todavía tenía un hielito con un poco de cola y una botella de ron a su lado. Debajo de la mesa había una servilleta y pedazos de tortilla. A la izquierda se veía la puerta de la cocina y aunque sólo se alcanzaba a ver la entrada, Pedro se imaginaba el desorden que existía en su interior.

El decorado era muy sencillo ya que sólo había dos o tres cuadros que además eran notablemente reproducciones o simples posters sin ninguna gracia.

Los muebles de la sala eran relativamente nuevos aunque mostraban estragos sufridos por los dos o tres niños que seguramente vivían allí. Habían varios juguetes, zapatos y calcetines sucios regados sobre el amueblado y la mesa del centro, de vidrio, tenía manchas que Pedro sospechaban eran de refresco, ya que vio los envases vacíos debajo de una mesa esquinera que arriba tenía una lámpara y unas fotos de la familia, confirmando que eran dos niñas de cómo 6 y 8 años y un niño de unos 4 años, aparte había un teléfono con una máquina contestadora.

Ya habían pasado unos 10 minutos y Edwin no salía del baño. Pedro se empezaba a inquietar porque primero había cobrado su primera quincena y aunque no tenía un plan preciso para la noche, éste definitivamente no era el que tenía en mente y luego ya se le había acabado la cerveza, por lo que titubeaba en ir o no a la cocina por otra bien fría.

Pedro sentía que sería como husmear el ir a la cocina y tenía recelos, pero al ver que no salía su colega se decidió que sí tomaría la cerveza, al fin que Edwin tenía la culpa por tardarse tanto. Así que empezó cautelosamente a levantarse y con discreción volteaba hacia todos lados, en realidad se sentía como un ladrón. Estaba a un paso del refrigerador cuando escuchó sonar el teléfono, lo cual le hizo respirar más rápidamente. Al tiempo escuchó que gritaba Edwin:

“¡Oye Pedro!, por favor contesta el teléfono y diles que vuelvan a llamar en cinco minutos.
A lo cual, Pedro pensó de qué tamaño les digo que son esos cinco minutos.

“Bueno”.

“Si, buenas tardes, me comunica con Edwin Lei por favor”.

“Edwin me pidió que le dijera que volviera a marcar en unos cinco minutos, por favor, porque se encuentra ocupado bañándose”.




“Oiga compa, no creo que le pueda volver a llamar… mejor dígale que le habló Ramiro Arellano y que le espero en la oficina de mi discoteca a las 10 de la noche envés de las once porque me urge hablar con él, gracias”.

“Está bien, yo le paso su mensaje”.

“Si, gracias, adiós”.
Pedro colgó la bocina y se quedó pensando un rato. Para él había sido muy claro la manera en que temblaba la voz del interlocutor, como si temiera algo.

Pedro observaba hasta el más mínimo de los detalles, por eso había escogido la profesión de periodista, y en esta ocasión se dio cuenta que la cita de Lei con Arellano tenía su porción de misterio, inclusive el carácter de urgencia y que había llamado a su colega por su nombre completo como si no fuera exactamente su amigo. También era extraño que no pudiera volver a llamar en cinco minutos si tanto le urgía.

Para esto Lei venía acomodándose la corbata negra de satín y el saco negro como con chispas brillantes, su camisa era blanca muy moderna de un material como seda y los pantalones eran negros lisos, y traía, definitivamente, todo el aspecto de alguien preparado para ir a una discoteca de lujo o una reunión de alto nivel aunque moderno o farandulero.

Inquisitivo Lei vociferó que “¿quién habló por teléfono, Pedro”.

“Un tal… Ramiro Arellano, que le urge verte a las 10 en su oficina de su discoteca envés de las once. Sonaba un poco nervioso y dijo que no podía volver hablar, sino que allá te esperaba”.

“Ah sí,… este…”, titubeó Lei. “Pedro, mira apenas son las… bueno casi las ocho, que te parece si vamos… o sea en realidad necesito que me acompañes, así que vamos a tu casa, te cambias y vamos, no hay problema, el señor que habló es el dueño, así que vamos como invitados especiales con todo pagado a bailar, pistear, tu sabes, está chilo el antro, es de los mejorcitos”.
Pues aunque todo sonaba sospechoso en la mente de Pedro, también se acercaba más a lo que él esperaba para celebrar su primer sueldo y además ni lo iba tener que usar, pero aún quedaban cosas que aclarar y ahora Lamar ya se sentía más en confianza.

“Mira Edwin, me tienes que explicar todo, primero el señor nervioso y ahora tu petición de que te acompañe como necesidad. Digo he alcanzado a percibir ciertas rarezas en todo esto”.





“Pedro, no te puedo explicar todo, aunque te mereces un poco de información. Lo que puedo decirte es que Arellano me ha dado chance de organizar espectáculos en su antro. He llevado a varios artistas reconocidos allí, incluyendo una pelea de exhibición que estamos organizando con Julio César Chávez”, me entiendes.

“El señor Arellano es narco, le neta, es buena onda, no se mete con nadie. No le paga cuotas a la Federal y allí sus problemas. Le quieren hacer pagar o están amenazando con quitarle su propiedad”.

“No chingues…”, empezó Pedro, pero interrumpido.

“Él lo único que quiere de mí es que esté presente, porque va a llegar un funcionario de la PGR y un político conocidón y el quiere ver si los alcanzo a identificar, quizá fotografiar para así evidenciarlos públicamente y quitarle muchas de las presiones que recibe el ruco”.

“Y tú, Edwin, le entras al tráfico”, preguntó sin escatimar Pedro, aunque sorprendido el mismo por la indiscreción.

“Pedro, como crees. Yo soy periodista, te imaginas si fuera narco, no estaría manejando un bochito ni viviendo con mis primos. Conozco sus operaciones, pero hasta allí. Somos de Sinaloa, fui a la escuela con los primos del ruco que están pesados y a veces, porque no, me meto un güirillo con ellos”.

“Suena peligroso Edwin”, yo que me gano con arriesgarme tanto.

“Ay Pedro, creciste en Estados Unidos, no me vayas a decir que no te animas a echarte un buen pericón de reyes y eres periodista hoy, esta noche, vas a conocer más sobre crimen organizado y la participación de gobierno que en muchos años. Te voy a presentar con vatos pesados. Te conviene, buey.”.

Dicho así, como que no había forma de negarse, pensó Pedro, pero para él sonaba muy peligroso todo, para Edwin, aparentemente no ni tampoco había más que explicar y él estaba seguro que su labor de convencimiento había cuajado perfectamente.

En el fondo, Pedro la verdad no estaba tan convencido, mucho menos tan seguro de todo esto. El se sentía nuevamente nervioso al aceptar algo de lo cual no estaba del todo seguro, pero también tenía que demostrarle a su colega que tenía sangre de periodista investigador, eso creía él. Tendría algo de razón por novatez en la profesión y su propia necesidad de estar a la altura.


Cameras


Llegaron a casa de Lamar, quien vivía con sus padres, aunque éstos se encontraban de viaje al viejo continente. Lei se quedó boquiabierta al llegar ya que vio una gran construcción, inclusive pensó en un principio que eran departamentos.

Atrás de la puerta principal había un enorme jardín, unos 500 metros cuadrados con dos pastores alemanes como fieles guardianes del palacete; al fondo se veían enormes ventanales y al acercarse a la puerta, ésta se abrió y apareció una mujer anciana en uniforme de servicio.

“Buenas tardes joven, va a comer”.

“Por favor Rosita, ponga dos platos a la mesa y sírvanos algo ligero y rápido porque tenemos que retirarnos… oiga, vino el de la tintorería”.

“Si joven, le colgué sus cosas en su armario… ah, también le llamó la señorita Vanesa, dijo que esperaba su llamada, que estaba en casa”.

“Gracias Rosita, sírvale una cerveza a mi colega y llámele a Vanesa, dígale que hoy no nos podremos ver porque…” y fue interrumpido por Edwin.

“Oye. La puedes invitar, es más si tiene una amiguita, qué mejor”.

“No sé”, dudó Pedro o más bien reacio. “Qué tal si se pone feo porque dices que van unos mafiosos y políticos corruptos, que de seguro llevan pistoleros o guaruras”.

“No manches, Pedro, ni tú te vas a acercar,, no te preocupes hombre, es una discoteca grande, lo nuestro va a ser en el fondo en una oficina privada y con entrada independiente”.

“Pues…”

“Andale, te aseguro que todo va a estar tranquilo, no seas tan culón Pedro. La vamos a pasar bien. Mírame, estoy joven y guapo, ¿crees que tengo ganas de morir o que tengo ganas de divertirme”?

“Sinceramente me pareces un cabrón que desconoce sus límites y quién sabe no conozco tus instintos Edwin, pero se me hace que vives aceleradamente”, dijo Pedro con una sonrisa, insinuando que era broma lo que decía y no se dejó interrumpir “bueno, Rosita yo mismo llamaré a Vanesa, usted dénos de comer y beber y la adoraremos para siempre”.

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“Ay joven, usted siempre tan galante, una de esas me la voy a creer”.

A las 9:30 de la noche en punto, Lei y Lamar ya habían recogido a dos mujeres muy hermosas, Vanesa, novia de Pedro, tenía el pelo castaño rizado y largo, los ojos color verdes claros, tez blanca y rostro alargado con la nariz respingada, era casi tan alta como Lamar.

Vanesa había conocido a su novio en la Escuela Nacional de Periodismo, donde ella aún cursaba su penúltimo año. Ella era guapa pero su mente estaba enfocada en destacar por su brillante mente y su aguda observación, cualidades que la hacían una gran futura escritora.

Su amiga, de la misma escuela, Verónica, ella sí era toda una modelo y de hecho constantemente faltaba a la escuela por trabajos para revistas e incluso en películas y telenovelas.

Ella era un poco más baja de estatura, pero más distinguida y atractiva que Vanesa, ya que era rubia natural de unos bellísimos ojos color esmeralda, un cuerpo que hasta los casados volteaban para dar un segundo visto bueno, sin embargo ella no era tan ambiciosa en el sentido de alcanzar grandes metas esforzando su mente si no que más le agradaba traer y hacer de las suyas aprovechando su belleza.

Edwin no era tan guapo como él presumía, pero obviamente tenía labia para con las mujeres, porque Verónica se enamoró de él casi instantáneamente, lo cual causó sorpresa en Vanesa y Pedro. Ella era normalmente apretada y en realidad mamoncilla, pero con Lei parecía estar perdida, parecían pareja, incluso, desde hace mucho tiempo. Pedro pensó, pues qué bueno, a ver cuánto les dura.

Lei no era nada tonto y se dio cuenta de esto súbitamente, por lo que usó una estrategia especial, consistente en ignorarla un poco, no darle tanta importancia, y fue ella quien se interesó por este hombre tan especial que no se derretía como todos los demás ante su presencia.

Las dos distinguidas parejas se acercaron tumulto de la puerta principal de la discoteca y la gente casi presentía que éstos eran invitados de honor o quizá dueños y e inconscientemente abrieron el paso hasta la cadena antes de la entrada, donde dos bouncers, pero de los grandes y feos, dijeron rudamente como suele ser el estilo en estos antros:

“Ya no pueden entrar ni pagando, si quieren esperar como los demás que ven aquí tienen que apuntar sus nombres en esta lista, aunque les advierto que serán mínimo un par de horas así que…”





Y Lei interrumpió igual de rudo, desde su pequeñez, pero con cierta vanidad que lo engrandecía:

“Ahórrese el discurso compita y dígale al señor Arellano que Edwin Lei y su gente ya están aquí”.

El bouncer ni confirmó la veracidad, sino que inmediatamente corrigió y dijo:

“Disculpe usted, pásele señor, Don Ramiro les espera, el capitán les dirigirá a su mesa”.

En voz más precavida, pero burlona, Edwin susurró:

“Así me gusta, que reconozcan a los jefes”.

El capitán los sentó y les presentó a un mesero que estaría exclusivamente a su servicio toda la noche y que el dueño había dejado órdenes estrictas que todo el consumo y la propina serían pagados por la casa y agregó:

“El señor Arellano estará con ustedes en unos minutos, con su permiso”, y se retiró.
No estaba de por más que con esta atención los cuatro estiraran el cuello y se sintieran casi dueños y centro de la atención de la multitud allí presente. Sin necesidad de voltear sentían los ojos vigilantes de los demás clientes que en sus propias mesas estarían preguntando quiénes serán estos cuatro distinguidos personajes con mesero exclusivo e inclusive teléfono sobre la mesa.

No tardó en venir un señor ya mayor que se veía fuera de lugar en medio de tantos jóvenes… se acerco a Lei y éste se levantó y tras un fuerte abrazo el don dijo:

“¿Cómo diablos has estado Edwin? No sabes cuánto te agradezco que hayas venido”, y volteó hacia los demás con una afable sonrisa, “bienvenidos”.

“No me lo agradezcas, al contrario. Mira te presento a un colega”. Pedro se levantó y estrechó su mano- se llama Pedro Lamar y su novia Vanesa y una amiga Verónica, ambas estudian periodismo.

“Mucho gusto, espero que la pasen bien, ya dejé órdenes que los atiendan bien, pero cualquier cosa allí está el teléfono y por favor sin pena, háganme saber sus necesidades, por lo demás, pues Edwin conoce bien aquí y les puede enseñar como pasarla bien”,puntualizo.

Apuntó hacia el mesero y añadió “Hugo será su fiel servidor por esta noche, así que si falla en cualquier cosita…”, y miró de nuevo hacia el teléfono.
“Ahora me disculparán, pero tengo unos asuntos que atender”, y volteando hacia Edwin dijo, “acompáñame unos minutos Edwin”.

“Claro que sí. Lamar ahora vuelvo, saca a bailar a las dos por igual”, y Pedro se quedó azorado de por qué ahora por apellido y eso de a las dos por igual, ni pensarlo. Vanesa era muy celosa y Pedro no era muy dado a hacer el ridículo, bailar, pero asentó con la cabeza.

Edwin y Arellano desaparecieron entre la multitud y Pedro se quedó con las muchachas. La música disco sonaba y lo hacía tan fuerte que la plática en la misma mesa se alcanzaba a escuchar con mucha dificultad, por lo que la conversación enmudeció y los ojos se transformaron en el medio de comunicación.

Entre ¿qués? y “no escucho nada”, el mesero empezó, sin consultarles, a traer botellas de champagne de importación, y ninguno de los tres se quejó ni en realidad había razón para hacerlo.

Cuántas veces, pensaba Pedro, podría salir a un lugar así y tomar todas las botellas de champagne que quisiera, es más cuántas veces se había tomado una sola botella en un lugar así y se dijo también a sí mismo, que “Don Ramiro debe apreciar mucho al pinche Chino”.

Pese a toda especulación Pedro levantó a las dos chicas y los tres bailaron, sudaron y se sentaron para tomar más de la embriagante pero deliciosa bebida, y bailaron otra vez y tomaron nuevamente.

Pedro empezaba a hablar con tono de media embriaguez y de media “me creo mucho”, igualmente balbuceaban las chicas y el mesero no cesaba de llenar las copas y de traer más botellas, en eso Verónica dijo casi riendo y un tanto atontada:

“Oye Pedro, Edwin dijo que regresaría en unos minutos, ya han pasado unos exactamente 73 minutos, yo creo que nos ha dejado aquí… ¿crees que le caí mal?”

Pedro ya no estaba seguro si era la bebida o si realmente Verónica sentía algo increíblemente, sorprendentemente por el pinche chinillo cagado.

“Tienes razón Verónica”, y de pronto regresó un poco de sobriedad, realidad al cerebro de Pedro, quien sabía que algo podía andar mal, lo cual lo puso tan nervioso que se le bajó de inmediato la embriaguez, de lo cual encontró culpable a la mamoncilla de Verónica. Ni modo pensó y dijo:


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“Ya sé voy a usar el famoso teléfono”, uff que genio eres, pensó de nuevo Pedro, claro efecto de la champaña.

“Buena idea”, resaltó Vanesa, quien ya conocía suficientemente bien a Pedro para percatarse bien de la nerviosidad de éste y sin saber exactamente que sucedía, también ella sabía que algo andaba mal. Toda esta fanfarria era demasiado buena para ser pura diversión, algún costo habría detrás de tanta cortesía.

Lamar levantó el auricular y esperó y escuchó que entraba la llamada.

“Buenas noches señor Lei, le atiende Estrella, en qué puedo servirle”, respondió la señorita con voz amable casi sensual.

“Mire, en realidad no soy Lei, sino que soy un colega que lo acompañó y éste … pues quería ver si se encuentra el Señor Arellano, señorita, porque precisamente Lei se encuentra con él y nos preocupa su ausencia”.

“Disculpe señor Lamar, en este momento no se encuentra disponible, está atendiendo a unas personas en su privada, pero ¿hay algo en qué pueda servirle?, tengo instrucciones…”

“Mire señorita…, este ¿podría decirme dónde está el privado?”

“Tiene que salir por la puerta principal y a la derecha verá un callejón, por allí se va caminando hasta el fondo y verá la oficina… pero no le recomiendo…”

Pedro colgó y con nerviosismo muy notorio se quedó viendo para todos lados, hasta que reaccionó con una palmada de Vanesa.
“¿Qué sucede mi amor?”

Pedro contestó tartamudeando: “Nonono se Vanesa, digo están en la oficina del dueño, vovoy a buscarlo, ahorita regreso”, y se levantó con suma prisa pero escasa voluntad y Vanesa nada más alcanzó a exclamar:

“¡Espera Pedro!”, pero este no hizo caso y Vanesa quedó disgustada, incomoda. Verónica también.

Pedro no podía esperar, sabía bien que algo podía andar mal y aunque Edwin no le había explicado bien el por qué quería que él lo acompañara, presentía que ese deseo de no estar sólo en algo tan posiblemente peligroso era por si acaso llegara a necesitar ayuda.

Por lo menos el instinto de Pedro le dictaba que tenía que buscar, salir en auxilio de alguien que en tan corto tiempo estimaba ya tanto, había encontrado en Lei una persona directa, sincera, abierta, transparente, carente de prejuicios y complicaciones sociales.

Pedro sabía que Edwin sería casi un hermano, el hermano que nunca tuvo, el amigo verdadero, simplemente amigos y no por interés si no por necesidad humana.

Pedro sabía que podía correr peligro, pero entró en trance, o algo así, ya no era Pedro.

Edwin le había hablado de la mafia y la combinación con gente de gobierno y eso significaba un tremendo y estremecedor riesgo.

Al salir por la puerta principal y voltear hacia el callejón el cuerpo de Lamar se sacudió, le corrió un escalofriante temblor de pie a cabeza.

Sólo pensamientos horribles yacían en su mente y cuando se internó en la lúgubre oscuridad del callejón había una parte de él que le decía no lo hagas, da la media vuelta y vete, pero la otra mitad decía hay gente a punto de morir y tú eres el único que lo sabe, eres el único que los puedes salvar.

Otra mitad le decía para que exageras, para que te metes, no pasa nada, se van a enojar contigo por meterte en lo que no te incumbe.

Ninguna de los dos mitades, ni juntas las dos, le hacían recapacitar y volver a su mesa divertida. Esto obviamente ya no tenía nada de glamoroso ni divertido. Cuál quincena, cuál descanso merecido, cuál pinche vida aburrida, normal, pero vida, al fin.

Pero una frase no lo dejaba en paz: “Y si no haces nada y como siempre asumes tu personalidad acobardada o sumisa, esto haría que se arrepintiera por el resto de sus días. Hoy la vida de Pedro tenía que cambiar, sacudirse por completo, chale, qué puto horror.

Con su indecisión y su temor se dirigió hacia el fondo. No se veía nada y la fila de árboles enfilados con sus largos y frondosos brazos no ayudaban, pero Lamar se internó.

Pedro daba lentos y delicados pasos., pero por más discreto, con el fúnebre silencio que allí imperaba, el crujir de las hojas entre las suelas de sus zapatos y el asfalto sólo lograban atemorizarlo más.

Pedro era aventurero, pero no temerario y esto definitivamente rebasaba su idea de inyección de adrenalina.

Había caminado una tercera parte del recorrido cuando, quizá por simple paranoia, escuchó pasos que no eran los suyos, igual de delicados pero más firmes y seguros.

Pedro esforzaba la vista para todos lados, pero era inútil, no veía ni la palma de su mano enfrente de su cara. Se quedó estático, agachado y sentía que tenía alguien cada vez más cerca y el crujido de las hojas secas cada vez más fuertes y de repente sintió que algo le punzaba fuertemente la espalda y pensó que de seguro era un maleante con pistola, no se movió y solamente esperaba que una voz le diera alguna orden o le dijera adiós, pero por reflejo y temor se volteó bruscamente sin pensar que allí mismo podía escribirse su acta de defunción y empezó a dar de manotazos violentos-

De sus ojos salían lágrimas y su cara estaba tensa y al minuto sintió que cada golpe que daba hacía ondearse un árbol, cuando más o menos recuperó la calma, aunque todavía respiraba precipitadamente se percató que había golpeado como veinte veces el tronco y ramas de un árbol, sus manos las sentía húmedas y le ardían, seguramente sangraban malheridas.

Pedro poco a poco recuperaba la normalidad en su respiración, pero ahora tenía más miedo que antes; se pasó las manos por el cabello hacia atrás, y sin darse cuenta se manchó de sangre.

Paró un segundo y pensó que era muy cobarde para continuar adelante y que de nada serviría seguir, solamente buscaría y encontraría su muerte para demostrar que también ¿era un buen amigo?, un verdadero amigo hasta el final.
Ni cuenta se había dado que seguía paso adelante y cuando miles de ideas dejaron de pasar por su mente alcanzaba a escuchar un grito no muy definido pero constante y esto lo impulsó a continuar hacia delante, ahora tenía curiosidad de averiguar de qué se trataba el grito.

Casi al fondo, atrás del edificio se alcanzaba a ver una ventana y a través de una espesa cortina alcanzaba a escapar una ligera luz. Cautelosamente se acercó hasta que escuchaba claramente:


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